domingo 23 de diciembre de 2007

De la sobredimensión y otras yerbas

No, él (en adelante Él) no se rió por su amigo (en adelante Aquel), se rió por mi. No era Aquel el que estaba en peligro, sino yo. No tenía idea de lo que me esperaba. Una vez más, el destino me tenía preparada una mala pasada. Yo creyendo, como siempre tan estúpida e inocentemente, que tenía todo bajo control. Pero no me imaginaba en absoluto como se iban a dar las cosas en realidad. Para colmo, mi manía de sobredimensionar todo, complicó más aún la situación que me tocaba vivir (“tocaba” si es que no la fabriqué yo misma, llevada por mi frecuente –y cada vez más destructor y doloroso, aunque inevitable– impulso masoquista).
Él sabía quién iba a sufrir, y lo sintió como una especie de venganza, sutil, pero efectiva. Yo creí en su amistad, Él abusó de mi afecto.
Aquel no sabía lo que podía pasar, no imaginó que podía llegar a tanto. En definitiva, no pensó en mi. Pero supongo que todo el mundo carga con el
gen del egoísmo, y que este se expresa tarde o temprano, para mejor o no tanto. El problema es que el egoísta nunca se da cuenta de sus actos. Y yo lo sabía. Así que abrí mi gran bocota y solté todo lo que tenía para decir (maldita manía de decir todo lo que pienso). Y, por supuesto, arruiné todo (maldita manía de sobredimensionar las cosas).